¿Para qué sirven las universidades? (Por M. Vicuña, en El Mercurio)

Manuel-VicuñaFuente: El Mercurio. 9 de mayo 2016

Manuel Vicuña, decano de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia de la UDP, da su opinión con respecto al rol de las Universidades, en una columna de opinión publicada hoy en El Mercurio.

“Si bien las respuestas a esta pregunta son diversas, suelen concordar en un núcleo duro. Predomina la idea de la universidad como fuente de conocimientos en un amplio abanico de disciplinas; invernadero donde cultivar la innovación, contribuyendo al desarrollo económico y al progreso ciéntifico; matriz para la formación profesional y detonante de movilidad social, y foco de imantación e irradiación cultural.

Por estos lados, tal vez esta última función sea la más debilitada hoy en día. La universidad como órgano de la cultura va a la baja; nada augura que el proceso se detenga; menos aún que se revierta. ¿Motivos? Las formas al uso para traducir en indicadores objetivos el valor de las distintas dimensiones del trabajo universitario.

Actualmente, todas las universidades bailan al ritmo de los indicadores que organizan los rankings. Todas supeditan sus políticas al logro de un mejor posicionamiento en esas jerarquías. La fisonomía de las universidades se acerca cada vez más a los rasgos institucionales presupuestos por esos criterios de evaluación. Los rankings son ídolos a los cuales debemos rendir, aún si no creemos en su valor sustantivo. Ojo: nadie puede ignorar los efectos positivos de este esquema. A su influencia debemos el esfuerzo por masificar la acreditación de los programas, la relación menos abismal entre número de profesores y número de estudiantes, y el incentivo a una productividad científica inserta en redes internacionales.

Todo relativamente bien hasta aquí. Pero la historia es más compleja si atendemos al mundo de las humanidades y las versiones menos acartonadas de las ciencias sociales. Los indicadores, con su acento en la productividad medida por la publicación en revisas especializadas, están desahuciando un perfil profesional y de trabajo intelectual y creativo (como la escritura de libro para lectores ilustrados) que antes constituyó un aporte significativo del país. La media del académico de ahora dista de la imagen tradicional del sujeto culto, del lector omnívoro, del tipo con una biblioteca tan extensa como diversa, que manejaba un amplio rango de referencias literarias, filosóficas e históricas.

No se trata de un muerto que solo deben cargar los académicos: en esto, son víctimas más que victimarios. Tampoco hay que cargarles la mano a las universidades, o incluso al Estado: aquí solo acatamos las reglas del juego global, cuyos legisladores son las  universidades estrellas del orbe anglosajón. ¿Podemos obviar esas reglas? Ni soñando. ¿Significa eso que debamos extender su jurisdicción hasta el último rincón del mundo universitario? Ojalá que no. Homogeneizar sin reservas las formas de trabajo intelectual acabará por empobrecer la gravitación de las universidades, en parte camino a convertirse en complejos industriales de “papers”.

Exagero, pero ni tanto. La compulsión por el rendimiento cuantificable según métricas vigentes, la urgencia por resultar competitivo en la obtención de fondos de investigación, han impuesto una lógica orientada únicamente a la satisfacción de esos estándares. ¿Leer novelas, aunque afinen el ojo para una vida más compleja de la sociedad?  Una pérdida de tiempo. ¿Escribir ensayos, aunque le infundan valor literario al texto, retrasando o anulando su fecha de expiración, además de atraer a un público lector mucho más amplio y diverso que el círculo ensimismado de los especialistas? Suma poco o nada al currículum, compromete la movilidad laboral y desautoriza ante los pares. ¿Distraerse leyendo sobre materias lejanas, aun cuando esas derivas sorprendan con hallazgos sugerentes para los intereses más inmediatos? Un vicio de diletante, el último mohicano que se anima a recorre, como un nómade inquieto, varias comarcas del saber. El nuevo reyezuelo en este páramo: el profesor que combina la arrogancia con la ignorancia, y descalifica como insignificante lo que ya no puede apreciar ni lograr”.

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